lunes, 23 de mayo de 2011

Ajustada victoria, febrero de 1936


Consulto el libro de Antony Beevor sobre la Guerra Civil Española –iba a escribir sobre nuestra guerra, pero no, no es la nuestra, por lo menos no es la mía, es la de ellos, la de los que la impusieron y no fue civil, sino profundamente incivil- y me llama la atención el ajustado resultado de las elecciones de febrero de 1936:

Votantes 9.864.783 (el 72% del censo electoral)
Frente Popular: 4. 654.116
Nacionalistas vascos: 125.714
Centro: 400.901
Derechas: 4.503.524

Con ironía británica, llama Beevor la atención sobre el hecho de que Falange obtuviera 46.000 votos en toda España, unos 1.000 votos por provincia, e ironiza sobre el peligro de la amenaza fascista proclamada por Largo Caballero.

Copio a continuación una reflexión que hará pensar, como me ha hecho pensar a mí, a quien la lea acerca de ciertas actitudes tras las elecciones:


La izquierda, sin pararse a considerar la estrechez de su victoria, procedió a comportarse como si hubiese recibido un mandato aplastante para el cambio revolucionario. Como era de esperar, la derecha se exasperó al ver cómo las multitudes corrían a liberar a los presos, sin esperar siquiera a una amnistía.

3 comentarios:

Joselu dijo...

En estas cifras que das sobre las votaciones de 1936 sorprende el reducido número de votos centristas. Había muy pocos republicanos convencidos. La derecha era posibilista o abiertamente antirrepublicana. La izquierda en parte quería desbordar una república burguesa que estuviera en consonancia con el artículo primero de la constitución copiado de la soviética. Los anarquistas, tan numerosos, eran abiertamente antirrepublicanos. La República despertó un ansia justificada de cambios revolucionarios en los campesinos y trabajadores encuadrados en sindicatos. España necesitaba crecimiento, estabilidad, mesura, pacto... Me temo que aquello que escribió Celaya "nosotros somos quien somos" llevó a aquella confrontación cuyo resultado ya conocemos. Lo malo es que si se volvieran a reproducir las coordenadas históricas (conociéndose el desenlace) volvería a producirse la misma tragedia. Es como si fuera una cuestión racial, la misma que nos lleva a que ahora sigamos sin sentirnos identificados con un proyecto nacional de ningún tipo. No sé si todos los países son así, pero muchas veces me siento harto de España y me gustaría vivir en otra historia, en otra estética, en otra realidad menos cainita. España cansa. Ni siquiera nos recreamos en los momentos de satisfacción. Pareciera como si nos atrajera tirar el castillo de naipes como juego nihilista.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Muchas gracias por tan estupendo comentario, Joselu. Comparto contigo ese hartazgo de España del que hablas, pero a mí me lleva a seguir buscando en las raíces, a seguir leyendo los testimonios de quienes vivieron esa época (ahora las memorias de Gil Robles), a seguir tratando de entender esa tentación de vivir siempre en el abismo, en la indigesta confrontación, ese estar siempre unos contra otros, el quítate tú para que me ponga yo, en fin...

Un abrazo, Javier.

Rafael dijo...

Al hilo de lo que comenta Joselu, uno de los graves riesgos que corre un régimen democrático es la falta de una base liberal amplia. (Me refiero a liberal en el sentido originario del término, no en el calificativo que se han arrogado algunos que tienen muy poco temple liberal).

Eso sucedió en la II República española. Se vio en la bondad del régimen participativo una debilidad que podía ser empleada en beneficio propio. Lo mismo que en la democracia de Weimar o en otras democracias.