sábado, 12 de febrero de 2011

Homenaje a Ignacio Soldevila

                                             (Autorretrato de Ignacio Soldevila)

Son los homenajes un espacio de encuentro para hablar de la persona y de la obra de quien nos ha dejado; también un momento para el recuerdo y la evocación. Los que nos reunimos el pasado jueves, 10 de febrero, en una sala que se asoma al claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes, hoy sede de la Biblioteca Valenciana y cárcel de infausta memoria para los vencidos en 1939, lo hicimos movidos por un impulso común: recordar a Ignacio Soldevila Durante, hablar de él, de su obra y de lo que a él le gustaba sobre todas las cosas, su verdadera pasión: la literatura.

                              (Javier Lluch y José-Carlos Mainer en el momento de 
                                inaugurar la exposición  dedicada a Soldevila) 

En tres direcciones se desarrolló la labor de Ignacio Soldevila: por un lado la docencia, que ejerció hasta su jubilación como catedrático de la Universidad de Laval (Quebec), por otra la labor de investigación centrada en dos campos, la literatura del exilio y la lexicografía, y por último en la escritura de una obra compuesta por un conjunto de libros fundamentales y más de un centenar largo de artículos no menos básicos, al margen de su labor como crítico literario en la prensa y en revistas especializadas, sin olvidar, aunque fuera un camino que transitara poco, su faceta de creador de ficciones y sus numerosas conferencias dictadas al correr de los años aquí y allá y las no menos numerosas ponencias en congresos universitarios. Al mismo tiempo, mantuvo, con muchos de nosotros una extensa relación epistolar, correspondencia de la cual se publicaron recientemente las cartas que intercambió con Max Aub.

                                  (Cecilio Alonso presentando a José-Carlos Mainer)

Pero sobre todo, fue Ignacio Soldevila, además de filólogo ejemplar, una gran persona, afable, bondadoso, amigo de sus amigos, siempre dispuesto a ayudar, paciente, sosegado, dando siempre sabios consejos, acudiendo allí donde se le solicitaba, escuchando a todo el mundo por igual, fueran grandes figuras de la filología o humildes investigadores jóvenes que daban sus primeros pasos. Para todos fue un ejemplo la manera en que afrontó la grave enfermedad que acabó con su vida en 2008. Todos aprendimos de él y por ello nos reunimos en Valencia, su Valencia, para rendirle un merecido homenaje. Se habló mucho y bien de literatura, de la filología española en el exilio, del que él formaba parte desde los años cincuenta, se habló, cómo no de Max Aub, de Juan Rejano, de León Felipe, de Martínez Nadal y lo hicieron sus amigos, sus compañeros de tarea, tanto en la docencia, como en la investigación y la escritura.

           (Algunas encuadernaciones curiosas de libros de la biblioteca de Soldevila) 

Se inauguró, asimismo, una exposición titulada “El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929 – Québec, 2008)”. Ese legado lo adquirió la Biblioteca Valenciana en 2006 y hoy allí se custodia junto con el del también filólogo valenciano Rafael Lapesa. Al encuentro acudió su viuda, Alicia Ruiz, quien se encargó de clausurar la jornada con una emoción contenida y un agradecimiento infinito por el recuerdo amistoso y entrañable que todos hicimos de Ignacio Soldevila.

(Javier Lluch y José Antonio Pérez Bowie)

(Claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


                (Luis López Molina, José-Carlos Mainer, Juan Antonio Ríos Carratalá, 
                 Javier Lluch y Manuel Aznar)


(Edición de la novela de Paulino Masip de la biblioteca de Ignacio Soldevila)

(Ignacio Soldevila y unas compañeras de facultad en 
el Madrid de los años cincuenta)

(Max Aub, Peua Barjau e Ignacio Soldevila en Canadá)

                                      (Parte de las fichas de trabajo de Ignacio Soldevila)


(Fachada del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


Nota. Pido disculpas por la poca calidad de las fotografías que tomé durante la Jornada.

6 comentarios:

Joaquín Parellada dijo...

¡Excelente y detllada crónica! De todas formas, esperamos algunos detalles más y alguna foto en la que aparezcas tú. ¿Hablaste con Mainer? ¿Y con Pérez Bowie? ¿Cómo fue la mesa redonda?
Un abrazo,

J.

Antonio dijo...

Sin duda, resultaría una jornada interesante. El escenario es inmejorable (recuerdo unas jornadas sobre Juan Chabás allí mismo) y los ponentes también. Me consta que las intervenciones fueron de gran calidad, aunque es una lástima que no podamos consultarlas en la red (habría que plantear la retransmisión en streaming de estos actos). En fin, que me alegro de que todo fuese entrañable y espero que algún día podamos coincidir en otro acto.

Fernando Valls dijo...

Javier, entre las chicas de la escalera, como Ignacio las llamaba, se encuentran la historiadora Mari Cruz Seoane y Milagros Laín, hija de don Pedro. De una tercera, también presente en la foto, me parece que andaba Ignacio entonces enamoriscado.
Espero, además, que conocieras a Luis López Molina. Abrazos.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Antonio, los textos de las ponencias y los de los que participamos en la mesa redonda se publicarán en la revista-anuario "Laberintos" del 2011, la que publica la Biblioteca Valenciana. Allí será el lugar en que poder leer los textos, que fueron, doy fe, muy interesantes. Seguro que habrá algún otro momento de coincidir. Siempre, cuando termino un acto de estos, creo que será el último, pero luego siempre hay otro. Ya veremos hasta cuándo.

Joaquim mi intervención fue una carta personal que dirigí a Ignacio Soldevila bajo el título de "Palabras de recuento y despedida" y tuvo tres ejes: Max Aub, Ignacio Soldevila y mi relación con ambos y un único sentimiento: la nostalgia. En cuanto a la foto, no pudo ser porque fui el único que llevó cámara y tampoco era cuestión de retratarme a mí mismo. Saludé a José-Carlos Mainer y todo fue, como con los demás, simpatía y cordialidad. La mesa redonda fue al final y todos estábamos ya cansados. Alfons Cervera leyó un texto magnífico y después leí yo mi carta. Hubo pocas preguntas, pero mucha emoción final, sobre todo en Alicia Ruiz, la viuda d Ignacio, que se emocionó con las intervenciones de Alfons y la mía, porque hablamos, al igual que lo hizo por la mañana Javier Lluch, entrañablemente de su marido. Por cierto, los dos nos referimos a Fernando Valls en nuestros textos y yo, claro, a José Manuel Blecua, a Sergio Beser, a Jaime Salinas, a Carlos Barral, etc.

Es una foto magnífica, Fernando, la de Ignacio rodeado de tanta jovencita. Por cierto no hubo ninguna ponencia de mujer, todo éramos hombres. Conocí a Luis López Molina porque nos tocó uno al lado del otro en la mesa. Hablamos, pues, y me pareció un hombre sabio, con una expresión en un castellano correctísimo y me gustó mucho su semblanza de Rafael Martínez Nadal y de sí mismo, pues habló algo de su experiencia en lo que podemos llamar su etapa de filólogo en el exilio. En genral fue todo muy amistoso. A mí me hubiera gustado que hubieras venido, pero ya sé que eran malos días para ti.

Un fuerte abrazo a los tres, Javier.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Joaquim, y también mencioné en mi carta a Laureano Bonet, que fue el primero que me habló de Ignacio Soldevila. Y a Franklin García Sánchez, profesor en Canadá, como Ignacio y que estaba allí presente. Y a Fernando Valls, que trabajó la obra de Fernández Suárez con Ignacio y de la mano de los dos lo incluí yo en "Solo una larga espera" y a Luis Izquierdo y a Pérez Bowie, y también mencioné a mi padre, que escuchó a mi lado la magnífica conferencia, en enero de 1995, que dictó Ignacio en el aula magna de nuestra facultad, cuando se presentó "Enero sin nombre" y "Escribir lo que imagino". Mi padre se quedó muy impresionado con Ignacio y su forma de hablar y exponer las cosas. También apareció por el texto Francisco Ayala, con el que coincidimos Ignacio y yo en Segorbe. En fin...

Un abrazo, Javier.

Joaquín Parellada dijo...

Ya veo que, como suele suceder a partir de cierta edad, la nostalgia de la que ya habló Manrique lo envuelve todo, como una niebla espesa. En cualquier caso, yo me doy por satisfecho con tus apostillas. Aunque sólo sea un poco, también ha servido para que nosotros nos sintamos allí (y a mí para recordar otro encuentro de hace unos añitos en el mismo sitio, con Erasmo como tema). Un abrazo,
Q.